La familia entre cinco revoluciones

Para que tengamos una sociedad honesta y justa necesitamos más personas que trabajen efectivamente por la reconstrucción del núcleo familiar.

La historia de las civilizaciones y de la cultura revela que las comunidades compuestas por familias bien estructuradas tienden a prosperar, cuando al mismo tiempo la desintegración del núcleo familiar puede generar el colapso del sistema social de convivencia. Pero los cambios en la estructura social acaban afectando también la vida familiar.

En los últimos doscientos años, varias corrientes ideológicas y de comportamiento dejan sus marcas en la estructura social de la civilización occidental. Las revoluciones industrial, feminista, sexual, tecnológica y cibernética radicalmente transformaron el estilo de vida de la sociedad en la que vivimos. Eso nos lleva a la pregunta: ¿En qué sentido tales transformaciones acaban cambiando también la configuración de la familia en su estructura social? ¿Qué cambios en la familia están amenazando la existencia de la sociedad contemporánea?

Revolución industrial

En las comunidades agrícolas y artesanales de la época pre-industrial, en general, los miembros de la familia trabajaban y se divertían juntos. En la familia las nuevas generaciones adquirían los valores culturales y habilidades profesionales. La convivencia entre padres e hijos tendía a unir a la familia a través de fuertes lazos afectivos. A pesar de que no disponían de las comodidades de la vida moderna, el sentimiento de pertenecer a una familia bien estructurada generaba en sus miembros la seguridad necesaria para enfrentar los desafíos de la vida comunitaria.

La transformación de las sociedades pre-industriales en industriales fue un proceso que inició al final del siglo XVIII en Inglaterra, y después se extendió a Francia, Alemania y otros países occidentales. El impacto de este proceso dividió el mundo en países ricos (industrializados) y países pobres (no industrializados). Entre los dos extremos oscilan los países en vías de desarrollo que se empiezan a industrializar más tarde, en gran parte, con la implantación de industrias multinacionales con origen en los países ricos.

El proceso de industrialización del trabajo generó cambios en la vida social y familiar. Los propietarios y administradores de los monopolios industriales y comerciales de la época lograban dar a sus familias más comodidad, conforto y seguridad social. Ya la clase trabajadora era muchas veces explotada por causa de largas jornadas de trabajo y salario casi insignificante por los servicios prestados. Esa clase tenía dificultades para sustentar una familia compuesta por varios hijos, especialmente si ellos todavía no tenían la edad suficiente para trabajar. Más tarde las luchas de los trabajadores aumentaron los derechos de los empleados, dándoles mejores condiciones de vida y más poder adquisitivo.

En las comunidades pre-industriales, los miembros de la familia trabajaban en actividades agrícolas o artesanales. Pero la revolución industrial sacó del hogar el personaje “líder de familia” y también provocó la separación entre el sistema familiar de vida y el sistema industrial de trabajo. Con la expropiación de las tierras y la formación de grandes monopolios industriales, muchas familias se mudaron para la ciudad, donde padres e hijos pudiesen trabajar para lograr el sustento.

Trabajando entre doce y catorce horas por día y viviendo lejos de la industria, los miembros de la familia casi no disponían de tiempo para estar juntos. Esta sociedad fue perjudicada aún más cuando el padre era convocado para la guerra y allí moría. En ese caso, el sustento de la familia quedaba a responsabilidad de la madre e hijos. Niños huérfanos o hijos de familias pobres eran obligados a trabajar en servicios insalubres y peligrosos, como en las minas de carbón o en las propias fábricas.

Si la sociedad industrial y de consumo facilitó la adquisición de recursos y bienes, también empezó a valorar más la productividad industrial colectiva que el desarrollo personal del ser humano. Bajo el nuevo paradigma industrial de trabajo, padres e hijos se distanciaron mucho de la sociedad doméstica.

Revolución feminista

La familia empezó a asumir una nueva configuración también bajo el impacto de la revolución feminista. Aunque generalmente las mujeres formaran la mitad de la población (y en algunos casos aún más) de las diferentes regiones del mundo, hasta el siglo XVIII, eran discriminadas por la sociedad, y su voz casi no era oída en la comunidad. Consideradas inferiores a los hombres, no tenían derecho a voto ni acceso a la educación superior.

Todavía en el siglo XVIII, las mujeres francesas empezaron a luchar en favor del cuidado de personas desprotegidas en la sociedad de la época. En los Estados Unidos, uno de los marcos más importantes en el inicio del movimiento feminista fue la primera convención sobre los “derechos de la mujer” realizada en Seneca Falls, Nueva York, en agosto de 1848. En esa época, las mujeres activistas americanas luchaban contra los problemas sociales de esclavitud e de intemperancia. Para ellas, la abstinencia de bebidas alcohólicas ayudaría a los esposos a ahorrar el dinero gastado en las bebidas y también a ser menos violentos en casa. Sin mucho espacio para sus reformas, empezaron a buscar, posteriormente, la influencia social más grande a través del derecho a la enseñanza superior y al voto político.

Entre las décadas de los 30 y 40, el movimiento feminista americano luchaba por la igualdad salarial en relación a los hombres. Con la publicación de la obra de Betty Friedan, titulada The Feminine Mystique (1963), el movimiento asumió una consciencia psicológica auténticamente feminista, pero después empezó a defender una postura contraria a la vida matrimonial. Cansadas de soportar maltratos o descuidos del esposo machista, rudo, descuidado y perezoso, muchas mujeres empezaron a ver el divorcio como la mejor solución para los problemas matrimoniales. Considerando el matrimonio monógamo como una forma de esclavitud para la mujer, las militantes más radicales del movimiento llegaron a declararse públicamente como anti-hombre, anti-familia e pro-lesbianismo.

La revolución feminista contribuyó para disminuir la explotación de la mujer y para que ella tuviera los mismos derechos profesionales y sociales del hombre. Ingresando al mercado de trabajo, la mujer ha ayudado a equilibrar el presupuesto familiar, especialmente en los casos del desempleo del marido. Con su sensibilidad, actuando en la vida pública, la mujer ha contribuido para crear el mundo más humano.

Pero la revolución feminista, en su manera más radical, en muchas mujeres acabó también impidiendo el interés por la maternidad. Aun entre las que todavía aceptaban la maternidad, la función de la madre dentro del hogar se restringió casi solamente a gestación, sin mucho interés por la educación personal de los hijos en los primeros años de la infancia. Si la revolución industrial alejó al padre, la revolución feminista alejó a la madre de la convivencia familiar. Con eso, los hijos fueron confiados al cuidado de las niñeras, otros familiares o a la guardería infantil.

Revolución Sexual

La tercera corriente que se demostró como la más destructiva para la familia fue la revolución sexual. Al inicio del siglo XX, las filosofías humanistas comenzaban a encarar los valores morales de la abstinencia sexual fuera del matrimonio como meros “tabúes” religiosos que debían ser abandonados para que el ser humano pudiera alcanzar su plena libertad psicosocial. Con una postura cada vez más existencialista, muchas personas empezaron a vivir con la premisa de que nadie tiene derecho de legislar como los individuos deben satisfacer sus impulsos sexuales. El “amor” comenzó a ser visto como algo innecesario para el compromiso social impuesto por un certificado de matrimonio.

En el prefacio de la obra de James R. Petersen, titulada The Century of Sex, [1] Hugh M. Heffner identifica “tres factores vitales” que contribuirían para el despertar sexual americano al inicio del siglo XX. Primero, al trasladarse de áreas rurales para ciudades, las personas de moral más rígida fueron “liberadas” por el proceso de urbanización. Segundo, nuevas formas de transporte permitían que las personas se “aventurasen” en lugares más distantes de sus círculos sociales. Tercero, el surgimiento de comunicación de masa logró que los sueños sexuales se vuelvan “visibles”.

Pero el proceso de liberación del comportamiento sexual alcanzó su clímax con la contracultura en las décadas de los 60 y 70. Influenciados con la cultura de la época, especialmente con la guerra de Vietnam, muchos jóvenes americanos adhirieron el lema:”haz el amor, no la guerra”. Dejando la familia, muchos de ellos se fueron a vivir en lejanas colonias de hippies, encontrando en el sexo, drogas y música rock´n roll el ambiente oportuno para desahogar sus pasiones carnales.

Durante esa misma época surgieron en los Estados Unidos y en algunos países europeos, movimientos en favor a los derechos homosexuales. En la década de los 90, cada vez más personas admitían públicamente que tenían relaciones homosexuales. A raíz de la creciente onda de infidelidad matrimonial y de sexo sin restricciones, estudios comprometidos con la psicología evolucionista pretenden justificar, con base en las características genéticas y en las constituciones hormonales de cada individuo, la tendencia o no al liberalismo sexual. [2] Así, el ser humano acaba siendo considerado irresponsable por su desenfrenado comportamiento sexual.

La revolución sexual contribuyó para quitar el mito del antiguo error teológico de que el sexo es pecado, aun siendo dentro del matrimonio, si no fuese usado para procreación. Ayudó a crear la nueva conciencia de que la mujer no es apenas un objeto de placer sexual para el hombre. Más allá de esto, los anticonceptivos desarrollados a partir del año 1960, cuando la píldora comenzó a ser comercializada en los Estados Unidos, ayudarían a reducir el número de hijos por familia y a detener la explosión demográfica. Sólo que, esa revolución también trajo consigo serios problemas sociales.

Sin el amparo socioeconómico proveído por un matrimonio legal, un número creciente de “madres solteras” volvían a los propios padres en busca de ayuda para ellas y para los niños que nacían. Muchos de esos padres que ya habían criado a la propia familia fueron obligados a reasumir las funciones paterna y materna en una edad más avanzada, y sin la debida planificación para eso.

Sin embargo, muchas madres solteras no tenían padres ni familiares dispuestos a ampararlas. Delante de esta situación, el gobierno del respectivo país fue obligado a buscar soluciones efectivas para el problema. Los fondos del gobierno fueron inyectados en servicios médicos, guarderías infantiles e incluso en programas de asistencia a “familias monoparentales” (donde uno o más hijos viven solo con la madre o solo con el padre). Al mismo tiempo en que los medios de comunicación de masa estimulan el sexo extraconyugal, los programas gubernamentales tienen la visión de educar a las nuevas generaciones; no tanto a la abstinencia sexual antes del matrimonio, como a la práctica “segura” del sexo, sin riesgo de embarazo o de la contaminación de las enfermedades de transmisión sexual.

Si las revoluciones industrial y feminista distanciaron a los miembros de la familia, la revolución sexual contribuyó para que muchas familias colapsen, principalmente en los países desarrollados, popularizando el concepto de que el matrimonio monógamo no pasa de un viejo y ultrapasado tabú. La desenfrenada búsqueda de satisfacción sexual, sin cualquier preocupación con valores morales e implicaciones sociales, ha limitado la libertad y el derecho de elección de las nuevas generaciones. Los adeptos de la revolución social optaron por buscar para sí mismos la libertad de no casarse, ignorando el derecho de sus hijos al nacimiento en una familia bien estructurada.

Revolución Tecnológica

La revolución tecnológica ejerció gran impacto sobre la vida en la familia. La invención y el perfeccionamiento de las máquinas fotográficas y filmadoras permiten capturar y grabar los momentos significativos de la familia. El desarrollo de modernos equipos médico-quirúrgicos ha contribuido para solucionar muchos problemas de salud. Los modernos medios de transporte permitieron que las familias viajen con más frecuencia. Pero una de las mayores contribuciones tecnológicas de todos los tiempos fue el desarrollo de la industria de plásticos, especialmente a partir del inicio del siglo XX. Con el tiempo, muchos utensilios domésticos empezaron a ser producidos en plástico y a un valor muy económico de los similares hechos en metal. A pesar de que los plásticos sean menos durables de que los metales, muchas familias con menor ingreso salarial fueron beneficiadas con estos productos.

La popularización de los productos de plástico o papel refleja la ideología más profunda de lo transitorio y descartable, la característica de una sociedad que enfatiza más el “tener” que el “ser”. En la nueva sociedad consumista, los productos como pañales, mamaderas, coladores de café, pasaron a ser usados sólo una vez y después, descartados en el basurero. La durabilidad de las hojas de afeitar, las piezas de los electrodomésticos y automóviles disminuyó notablemente, incentivando la substitución periódica, esto para alimentar un complejo industrial-comercial paralelo de reposición de piezas. Los cursos de economía y de producción industrial empezaron a enfatizar la “obsolescencia planeada” de manera a inducir a las personas a comprar nuevos modelos de los mismos productos que habían adquirido anteriormente.

En la era de lo transitorio y descartable, el deseo de tener lo “nuevo” acabó llevando al ser humano a romper con todo aquello que se consideraba de naturaleza permanente. Incluyendo las familias. Las nuevas generaciones se han tornado cada vez más descomprometidas en su relacionamiento con las cosas materiales y también con los seres humanos. Familias ricas, principalmente en los Estados Unidos, prefieren que los padres ya ancianos permanezcan en asilos de que con ellos. Se espera también que los hijos, al llegar a la adolescencia, dejen el hogar aunque aún no estén casados. En vez del compromiso serio con en el enamoramiento o el noviazgo, muchos jóvenes prefieren el placer descomprometido de “estar” (enamoramiento que puede durar apenas un encuentro).

Como si esto no fuera suficiente, la ideología existencialista de lo transitorio y descartable acabó estimulando también la llamada “cultura de divorcio”. Bárbara D. Whitehead declara que “el divorcio es hoy parte de la vida diaria americana. Este se encuentra infiltrado en nuestras leyes e instituciones, en nuestras rutinas y costumbres, en nuestras películas y shows de televisión, en nuestros romances y libros de historias infantiles, en nuestros relacionamientos más íntimos e importantes”. [3]

Terezinha Féres Carneiro aclara que “el matrimonio dejó de ser una función social para tornarse una fuente de gratificación personal”. [4] Como resultado, muchas parejas que no pueden resolver sus problemas de relacionamiento optan por deshacer la familia a través de un divorcio que les permita elegir un “nuevo” cónyuge. A pesar de que algunos autores existencialistas ignoren gran parte de los efectos negativos del divorcio sobra la familia, estudios revelan que el divorcio de los padres, en muchos casos, acaba generando en los hijos la inestabilidad psicosocial, baja autoestima, inseguridad sobre el futuro y otros problemas.

La revolución tecnológica también alteró los efectos de la revolución industrial sobre la familia. Si la revolución industrial causó que los padres dejen de trabajar en casa para servir en la industria; la revolución tecnológica, con su énfasis en la substitución hombre por la máquina, acabó “devolviendo” a las familias a muchos padres desempleados. En la intención por remediar esta situación, muchos pudieron ser reabsorbidos en otros empleos y algunos, por lo menos, acabaron estableciendo pequeñas empresas familiares que recuerdan, en cierto sentido, el trabajo en familia de la era pre-industrial. No son pocos los casos en los que los padres desempleados, y sin formación educacional para ingresar en otros sectores del mercado de trabajo, acaban perdiendo la propia familia delante de una inevitable crisis financiera.

Revolución Cibernética

Otro factor que alteró el relacionamiento familiar, especialmente de las clases media y alta, fue la revolución cibernética, o sea, el desarrollo de los medios de comunicación en las últimas décadas, marcado por el surgimiento, en los años 60, de computadores conectados en red con propósitos militares. Los cuarteles americanos controlaban vía red las informaciones secretas que eran enviadas en paquetes a varios terminales, y se agrupaban en un terminal en específico. Si los rusos interceptasen algún paquete de informaciones, los otros podrían ser guardados y almacenados.

En la década de los 80 surgieron algunas redes académicas de computación en los Estados Unidos. Al inicio de la década de los 90 el internet surgió como instrumento de comunicación mundial. La estructura de divulgación de informaciones, controladas por ese entonces por grandes empresas, se tornó accesible principalmente para las clases media y alta. Un mundo fantástico de las más diversas informaciones, algo sin precedente en la historia humana, está hoy disponible para aquellos que tienen acceso al “www” (World Wide Web).

La revolución cibernética también afectó a la familia. En el aspecto positivo, ella facilitó la comunicación entre los miembros de la familia, a la distancia, a un costo muy inferior al de una llamada telefónica internacional o a larga distancia. Contribuyó también para que los miembros de muchas familias trabajen y estudien en casa, a través de diferentes redes de computación, sin necesidad de trasladarse con tanta frecuencia como antes. Esto generó en la familia un mayor censo de “convivencia virtual”. Por eso, el internet acabó despersonalizando, en cierto sentido, el relacionamiento familiar; algunas veces es dedicado más tiempo a explorar sitios web, recibir e-mails de que el diálogo con familiares. Los padres que están bien ocupados son tentados a pedir a los hijos que naveguen en internet en vez de pasar el tiempo con ellos. Hasta bodas virtuales fueron realizadas a través de videoconferencias. Más allá de esto, el relacionamiento sexual de muchas parejas y los instintos sexuales de muchos hijos fueron desvirtuados por la influencia del llamado “cibersexo” o “sexo virtual”. En el anonimato del “ciberespacio” de internet, el individuo elige como satisfacer sus instintos sexuales con menor riesgo e implicaciones sociales de que relacionándose con una persona fuera del matrimonio. El sexo virtual acaba despersonalizando el deseo sexual del individuo y también “minimizando” en muchos casos la mutua atracción sexual de los cónyuges.

Las cinco revoluciones aquí consideradas desencadenan corrientes ideológicas y contemporáneas que han desgastado en gran parte la base familiar de la sociedad contemporánea. Para que podamos construir una sociedad honesta y justa es necesario resolver antes los problemas de relacionamiento familiar, minimizando en lo más posible los efectos negativos de estas revoluciones sobre la familia. Hoy el mundo necesita de más familias bien estructuradas, que sirvan de modelos a ser imitados por las nuevas generaciones. Necesita también de más personas que trabajen por la reconstrucción del núcleo familiar. Al final, la sociedad sólo podrá ser restaurada genuinamente cuando primero se restaure la propia familia.

Referencias:

1 James R. Petersen, The Century of Sex: Playboy´s History of the Sexual Revolution (Nueva York: Grove Press, 1999).

2 Robert Wright, Time, 15/078/1994, p. 26, 34.

3 Barbara D. Whitehead, The Divorce Culture (Nueva York: Alfred A. Knopf, 1997), p. 3.

4 Thaís Oyama y Lizia Bydlowski, Veja, 22/03/200, p. 120,125.