Las raíces de la violencia

Las raíces de la violencia

Las explosiones nucleares en Hiroshima y Nagasaki y la destrucción de las Torres Gemelas continúan siendo ejemplos notables de violencia. Sin embargo la violencia no se restringe a la guerra y el terrorismo. Por el contrario, la violencia permea todo índole de relaciones humanas y se manifiesta en todo tipo de abusos, muchas veces no tan evidentes.

Juan era una persona muy amable y cortés. Su conversación era agradable y su presencia inspiraba respeto. Asistía a la iglesia y contribuía regularmente en sus actividades. Recuerdo que se preocupaba mucho por el decoro y la reverencia en la adoración. Sin embargo, un día llegué a saber que Juan golpeaba fuertemente a su esposa encinta. Algo en lo profundo del corazón de Juan lo llevaba a abusar violentamente de su mujer.

La Biblia reconoce su existencia y condena la conducta violenta en todas las áreas del quehacer humano tales como, por ejemplo, la política (Ezequiel 45:9), el matrimonio (Malaquías 2:16), la religión (Ezequiel 34:4, Sofonías 3:4, S. Mateo 11:12), y el medio ambiente (Habacuc 2:8). Siendo que la mayoría de los seres humanos experimentaremos o causaremos alguna o muchas formas de violencia durante nuestra vida, debemos preguntarnos: ¿Cómo podemos librarnos de la fuerza destructiva de la violencia? Para contestar esta pregunta necesitamos familiarizarnos con su naturaleza.

¿Qué es la violencia?

La violencia es el uso de la fuerza física o verbal que daña o destruye alguna cosa o ser viviente a fin de satisfacer un deseo personal. Desconociendo el modo regular de proceder y los cánones de la razón y la justicia, la violencia busca vencer la voluntad de las personas a fin de dominarlas, utilizarlas, hacerlas sufrir o destruirlas. Brevemente, la violencia destruye al ser humano espiritual y físicamente.

Usamos violencia para dominar y manipular a otros seres humanos a fin de satisfacer nuestros deseos. La violencia aparece cuando buscamos satisfacer nuestros malos deseos (matar o poseer lo ajeno) o no podemos controlar nuestros buenos deseos (comer, dormir, procrearse). Cuando los deseos incontrolables se hacen hábitos, generan conductas abusivas que nos llevan a dañar no solo a nuestros enemigos sino también a nuestros amigos, seres queridos, y aun a nosotros mismos.

La violencia se relaciona estrechamente con la enemistad porque la persona violenta es enemiga de aquel a quien oprime y abusa. A nadie le gusta tener enemigos o ser objeto de violencia. Como el Rey David, todos clamamos “líbrame de la mano de mis enemigos” (Salmos 31:15).

De aquí surge la pregunta: ¿Cómo podemos librarnos de la violencia de nuestros enemigos? Y lo que es más importante, ¿cómo podemos dejar de ser fuentes de violencia y enemistad? Para contestar estas preguntas necesitamos familiarizarnos con las manifestaciones de la violencia.

Manifestaciones de la violencia

La violencia que el ser humano genera contra sus semejantes incluye actividades tales como la guerra, el asesinato, la tortura, la violación sexual, la pedofilia, el maltrato a los débiles (niños, mujeres y ancianos), el robo, el engaño, los pleitos físicos, el chisme y cosas semejantes. Estas actividades pueden darse con diferentes niveles de intensidad; por ejemplo: el abuso mental, el maltrato físico casual, la tortura y el asesinato.

Porque la naturaleza destructiva de la violencia es evidente, la sociedad la controla por todos los medios necesarios incluyendo los sistemas legales, militares, de seguridad, carcelarios, educacionales, y de aconsejamiento. Aunque estos esfuerzos y su costo millonario disminuyen los efectos destructivos de la violencia, no la eliminan, porque no alcanzan las raíces profundas que la originan.

¿De dónde viene la violencia?

La violencia ocurre a través de acciones y palabras que provienen del corazón, el centro espiritual consciente de nuestros pensamientos (Salmos 10:6, 11). Con ellas podemos bendecir o maldecir (Santiago 3:10). Cuando el corazón es orgulloso, se aparta de Dios, y es malo, se convierte en fuente de violencia (Salmos 119:122, Proverbios 10:11, Génesis 8:21, Proverbios 24:2). Porque la violencia se origina en la maldad del corazón (Romanos 3:10-23), todos podemos generar actos y palabras violentas incluso sin quererlo. Es importante notar que aunque la maldad del corazón es permanente, los actos y palabras violentas ocurren esporádicamente.

El corazón es malo cuando busca lo suyo. Cuando buscamos “lo nuestro” creemos que debemos eliminar todo lo que impida satisfacer nuestros deseos y aspiraciones. De esta actitud del corazón humano, consciente o inconscientemente, se originan los actos violentos que lastiman, oprimen, abusan y matan a millones de seres humanos.

Más allá de la violencia: Amor y paz

Como hemos visto, la sociedad y la Biblia condenan la violencia. Sin embargo, mientras la sociedad intenta prevenir o castigar los actos violentos, la Biblia considera las raíces de donde provienen dichos actos: El corazón malo que busca lo suyo. En síntesis, las raíces de la violencia son espirituales y residen en lo profundo del corazón humano donde simultáneamente se generan los pensamientos, emociones, deseos y voluntad. Cuando el espíritu humano desea satisfacción a toda costa, genera actos violentos.

La Biblia enseña que el “buscar lo mío” es la antítesis del amor (1 Corintios 13:4-6). Cuando amamos, en lugar de usar, dañar, herir, o matar, damos de nosotros mismos a otros seres humanos (S. Juan 3:16). El amor supera y reemplaza la violencia con paz y servicio. La encarnación y la muerte de Cristo en la cruz son y serán por siempre la suprema manifestación de amor en el universo. Con estos pensamientos en mente, surge la pregunta milenaria: ¿podemos cambiar nuestro corazón egoísta en un corazón amante? Tanto la experiencia como la Biblia enseñan que no lo podemos hacer. Sin embargo la Biblia también enseña que Cristo puede cambiar nuestro corazón.

La erradicación de la violencia

Para erradicar la violencia de nuestros actos, debemos cambiar el móvil central y la tendencia de nuestro corazón del egoísmo al amor. Nuestros pensamientos, emociones, deseos y decisiones deben dejar de centrarse en nosotros mismos y centrarse en Dios y su Palabra. Más aún, el contenido consciente de nuestros pensamientos, emociones, deseos y decisiones debe cambiar.

Este cambio no se genera mediante un acto sobrenatural de Dios, sino mediante el conocimiento del Cristo revelado en la Escritura. Cuando contemplamos la sabiduría, la misericordia, el amor, las promesas y el poder de Dios, el corazón es atraído por la belleza y santidad divinas. Si conocemos a Cristo y le damos nuestro corazón, es decir, nuestros pensamientos, emociones, deseos y voluntad, experimentaremos la transformación del egoísmo al amor que cancela la violencia. En la medida que dejamos que Cristo por medio de la Biblia se transforme en el centro de nuestro espíritu, el amor reinará en nuestros corazones y ya no seremos generadores de actos violentos. Por el contrario, generaremos actos pacíficos y constructivos en beneficio del prójimo, la familia, la iglesia, la sociedad y aún de nuestros enemigos (S. Mateo 5:44). Más aún, el amor nos dará la paciencia, resignación y fuerza para soportar los actos violentos perpetrados contra nosotros. No desearemos venganza y confiaremos en el juicio divino, que dará a cada uno conforme a sus obras (Sofonías 1:9, Romanos 2:6).

Finalmente, todos los lectores que sufran opresión, abusos, terrorismo y guerra deben recordar que Dios en su providencia tiene el deseo y el poder de fortalecerlos, socorrerlos, protegerlos y aun liberarlos de la violencia de sus enemigos (Salmos 118:13, 2 Samuel 22:3, Salmos 18:3, 48).

Conclusión

Querido lector, Cristo es quien puede librarnos del pecado, el egoísmo y la violencia, ahora y por la eternidad. Si pones tu fe en él, experimentarás el arrepentimiento y el cambio de corazón que te transformará en una fuente de actos de amor y paz. Además, cuando en el camino de la vida encuentres violencia, podrás tener la seguridad que la promesa divina se cumplirá en tu vida: “Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo” (Salmos 55:22).