{"id":1247,"date":"2015-12-21T17:44:03","date_gmt":"2015-12-21T17:44:03","guid":{"rendered":"http:\/\/pastor.adventistas.org\/es\/?p=1247"},"modified":"2015-12-21T18:15:27","modified_gmt":"2015-12-21T18:15:27","slug":"yo-soy-yahweh-vuestro-dios","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/pastor.adventistas.org\/es\/yo-soy-yahweh-vuestro-dios\/","title":{"rendered":"Yo soy YAHWEH, vuestro Dios"},"content":{"rendered":"<style type=\"text\/css\"><\/style><!DOCTYPE html PUBLIC \"-\/\/W3C\/\/DTD HTML 4.0 Transitional\/\/EN\" \"http:\/\/www.w3.org\/TR\/REC-html40\/loose.dtd\">\n<html><body><p style=\"text-align: justify;\">Recuerdo que era una frase especial. Se usaba escasamente, pero, cuando se la empleaba, quedaba revestida de total solemnidad. Ya apenas se la menciona, pero era muy com&uacute;n en mi infancia: &ldquo;&iexcl;Palabra de honor!&rdquo; Si alguien pretend&iacute;a establecer un compromiso estable (ya fuese en el intercambio de alg&uacute;n que otro objeto o con la intenci&oacute;n de fortalecer una relaci&oacute;n), preguntaba: &ldquo;&iquest;Palabra de honor?&rdquo; A lo que se respond&iacute;a, con suma trascendencia: &ldquo;&iexcl;Palabra de honor!&rdquo; Y es que hay frases que son perfectas para concluir una idea, un di&aacute;logo o una exposici&oacute;n. &iquest;Qui&eacute;n no ha guardado un profundo silencio cuando cualquiera de sus padres terminaba un reclamo con un &ldquo;No se hable m&aacute;s del asunto&rdquo;? &iquest;Qui&eacute;n no ha sentido admiraci&oacute;n, cuando un brillante acad&eacute;mico finaliz&oacute; su ponencia con un rotundo &ldquo;He dicho&rdquo;? &iquest;Qui&eacute;n no ha vibrado hasta los tu&eacute;tanos cuando un predicador, embargado del Esp&iacute;ritu, ha exclamado &ldquo;Am&eacute;n&rdquo;?<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Hay muchas de estas expresiones que vienen a nuestra mente, pero, estoy seguro, hay una que las supera a todas. D&eacute;jame que te cuente c&oacute;mo la descubr&iacute; y lo que implica.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No hace mucho tiempo de esto. Nos hall&aacute;bamos con los cursos doctorales de Antiguo Testamento, en clase de &ldquo;Cr&iacute;tica Textual&rdquo;. Hab&iacute;a pedido a los alumnos que preparasen un an&aacute;lisis de las notas masor&eacute;ticas de las per&iacute;copas, que iba a servir de base para sus tesis. Uno de ellos estaba trabajando con Lev&iacute;tico 20; y otro, con Ezequiel 20. Para mi sorpresa, una misma nota masor&eacute;tica aparec&iacute;a en ambos cap&iacute;tulos (Lev. 20:7; Eze. 20:5, 20): &ldquo;Esta expresi&oacute;n aparece 24 veces al final del verso&rdquo;. Una pregunta se instal&oacute; en mi mente: &iquest;por qu&eacute; era importante, para este escriba, que esa frase apareciera o no al final de un vers&iacute;culo? Si se hab&iacute;a dedicado a contar las veces que se registraba, no era por un mero af&aacute;n estad&iacute;stico. &iquest;Qu&eacute; mensaje nos querr&iacute;a transmitir? &iquest;Qu&eacute; frase conten&iacute;a?<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No los tendr&eacute; m&aacute;s tiempo en vilo: la oraci&oacute;n es: &ldquo;Yo soy Yahweh, vuestro Dios&rdquo;. Aparece 34 veces en el Antiguo Testamento, en 33 vers&iacute;culos; y s&iacute;, como afirmaba aquel anodino masoreta, en 24 ocasiones se encuentra al final de un verso. Al principio, en Lev&iacute;tico 11:14; 25:38; 26:13; N&uacute;meros 15:41; Jueces 6:10; Ezequiel 20:19; y Joel 4:17. En medio, en &Eacute;xodo 6:7; Lev&iacute;tico 19:36; y 20:24. Al final, como indicaba el escriba, en &Eacute;xodo 16:12; Lev&iacute;tico 18:2, 4, 30; 19:2 al 4, 10, 25, 31, 34; 20:7; 23:22, 43; 24:22; 25:17, 55; 26:1; N&uacute;meros 10:10; 15:41; Deuteronomio 29:5; y Ezequiel 20:5, 7 y 20. Y, adem&aacute;s, esconde un mensaje de gran valor para los creyentes de todos los tiempos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Una frase realmente especial <\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Tampoco deseo cansarte con estas cosas; pero debo decirte que, a diferencia de otras lenguas, en hebreo b&iacute;blico hay oraciones sin verbo expl&iacute;cito. Se las llama oraciones nominales. En el original, nuestra frase ser&iacute;a algo as&iacute;: &ldquo;Yo Yahweh, Dios vuestro&rdquo;. Las oraciones nominales tienen varias funciones; dos de ellas son las de identificar y las de mostrar cualidades de alguien. Observa el texto. Primero se identifica: &ldquo;Yo soy Yahweh&rdquo;. Despu&eacute;s, nos muestra algo que lo califica: &ldquo;Soy vuestro Dios&rdquo;.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Yahweh era un Dios con nombre propio, con nombre de pila. &iexcl;Y qu&eacute; nombre! La ra&iacute;z de la que proviene est&aacute; relacionada con &ldquo;Ser&rdquo;, &ldquo;Existir&rdquo; o &ldquo;Estar&rdquo;.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Dios es.<\/strong> Representa la esencia del universo. Todo gira alrededor de su naturaleza: el amor. Cada peque&ntilde;o detalle en el giro de los astros, en el desarrollo de una flor, en el vuelo de una mariposa, nos habla de su esencia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Dios existe.<\/strong> Es un Dios vivo y de vida. Hay muchos dioses sin vida o &ldquo;quitavidas&rdquo;. Las figuras en piedra o madera que representaban los panteones de la antig&uuml;edad eran piedra o madera, y solamente eso. Los dioses de la actualidad, de n&iacute;quel o pl&aacute;stico, que parecen aportar plenitud, contin&uacute;an siendo, como entonces, solo n&iacute;quel o pl&aacute;stico. Adorar, entonces, a Moloc-baal pod&iacute;a implicar la muerte de tu primog&eacute;nito; adorar, hoy, a Mam&oacute;n puede implicar la muerte existencial de tu familia. Pero, Yahweh no era ni es as&iacute;: confiar en &eacute;l da vida, alegr&iacute;a, seguridad, plenitud. Hay ganas de m&aacute;s; y, a cambio, no hay que sacrificar a nadie.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Dios est&aacute;.<\/strong> Los dioses del Mediterr&aacute;neo viv&iacute;an allende las nubes, alejados de la compa&ntilde;&iacute;a humana. A Yahweh, sin embargo, le gusta estar al lado, acompa&ntilde;ar. Y lo demuestra la historia: abriendo un mar; dando sombra en el ardiente desierto; aportando calor en la g&eacute;lida noche; venciendo adversidades; realizando maravillas y cotidianidades&hellip; Dios est&aacute; y estar&aacute;. Y digo &ldquo;estar&aacute;&rdquo;, porque Yahweh est&aacute; escrito de manera que implica que esa naturaleza no ha cesado, sino que contin&uacute;a y continuar&aacute;. Yahweh continuar&aacute; siendo con nosotros y, por ello, tendremos identidad. Seguir&aacute; existiendo con nosotros y, por ello, tendremos vida. Seguir&aacute; estando&nbsp;con nosotros y, por ello, jam&aacute;s nos faltar&aacute; su compa&ntilde;&iacute;a.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&iquest;No les parece una frase espectacular? Pero, no queda ah&iacute;: contin&uacute;a con la cualidad que lo hace vivencial: &ldquo;Soy vuestro Dios&rdquo;. Imag&iacute;nense que no hubiese dicho &ldquo;vuestro&rdquo;; qu&eacute; diferente ser&iacute;a. Es indudable que es Dios, que tambi&eacute;n es trascendente; pero dice &ldquo;vuestro&rdquo;. &iquest;Han pensado cu&aacute;nto implica? No dice: &ldquo;Soy Dios&rdquo;; tampoco: &ldquo;Son mi pueblo&rdquo;. Ambos se emplear&aacute;n en otros textos, pero no aqu&iacute;. A Dios le gusta que lo asociemos con el modo posesivo y, curiosamente, que nosotros seamos los poseedores. &iquest;Podemos poseer a Dios? En el sentido de controlarlo, por supuesto que no. Podemos, sin embargo, tener una relaci&oacute;n con &eacute;l; una relaci&oacute;n &ldquo;nuestra&rdquo;. A Yahweh le encantan las relaciones. Encontramos que, en el Antiguo Testamento, en 117 ocasiones se menciona como &ldquo;vuestro Dios&rdquo;; y en 267, como &ldquo;tu Dios&rdquo;. Es sencillo de explicar: Dios se goza en que tengamos una relaci&oacute;n con &eacute;l. Quiz&aacute; por esa raz&oacute;n la met&aacute;fora que m&aacute;s se acerca al v&iacute;nculo de Yahweh con su pueblo sea el matrimonio, la intimidad hecha carne. Es, adem&aacute;s, una relaci&oacute;n individual (&ldquo;tu Dios&rdquo;), que deriva en una relaci&oacute;n colectiva (&ldquo;vuestro Dios&rdquo;).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&ldquo;Yo soy Yahweh, vuestro Dios&rdquo; es una frase estupenda para concluir cualquier comunicaci&oacute;n. Habla de grandeza y de cercan&iacute;a; de poder y de cari&ntilde;o; de identidad y de vida en compa&ntilde;&iacute;a. Nos viene muy bien tenerla en mente, porque los cristianos vivimos crisis individuales y colectivas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Participar de la historia <\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Vivir en el desierto tiene sus dificultades. As&iacute; lo percibi&oacute; el pueblo hebreo, en su periplo por la pen&iacute;nsula del Sina&iacute;. Y murmuraron. Echaban de menos las ollas egipcias, con carne y pan. &Eacute;xodo 16 registra ese momento de forma sint&eacute;tica, pero bien descriptiva. En medio del fragor de los comentarios, Dios les promete que tendr&aacute;n el alimento que anhelan. Concluye su compromiso con &ldquo;Yo soy Yahweh, vuestro Dios&rdquo;. Al d&iacute;a siguiente tuvieron codornices, algo inusual pero no extraordinario; y una sustancia delgada, entre copo y escarcha: algo impensado y sumamente extraordinario. El man&aacute; acompa&ntilde;&oacute; al pueblo durante cuarenta a&ntilde;os (Lev. 16:35). Yahweh se encarg&oacute; de realizar un milagro cada d&iacute;a de la semana durante d&eacute;cadas, porque era su Dios; porque no era un Dios ajeno a sus necesidades cotidianas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Yahweh participa de la historia de este mundo. Su trascendencia no entra en conflicto con su proximidad. No mira hacia otro lado ni nos abandona a nuestro derrotero. En el trayecto de la vida est&aacute; presente, como el vector que nos gu&iacute;a hacia la meta de redenci&oacute;n; como la fuerza que nos impulsa a cada instante, a pesar del rozamiento de un mundo de adversidades. El &Eacute;xodo se convirti&oacute; en un hito para los hijos de Israel; y no deja de ser una met&aacute;fora de la humanidad. Andamos errantes, incluso quejosos; pero no andamos en solitario, porque Yahweh es nuestro Dios. Muchas veces diremos: &ldquo;&iquest;Qu&eacute; es esto?&rdquo; (man&aacute;), y &eacute;l nos invitar&aacute;: &ldquo;Pru&eacute;balo&rdquo;. Entonces comprenderemos que le gusta lo dulce, porque intenta compensar la amargura de un mundo ca&iacute;do; que nos regala cosas delicadas, a pesar de nuestras tosquedades.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Santificando hasta las fiestas <\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Los cap&iacute;tulos 18 al 20 de Lev&iacute;tico son espectaculares. Hablan de santificaci&oacute;n, y sellan cada bloque con la frase &ldquo;Yo soy Yahweh, vuestro Dios&rdquo;. Lev&iacute;tico huye de la sacralidad, de lo m&aacute;gico y tot&eacute;mico, y ense&ntilde;a santidad, lo vivencial y relacional. No pretende que solo los levitas sean santos, sino tambi&eacute;n cada uno de los componentes de su pueblo. Ese proceso, de hacer de todos un pueblo escogido y selecto con una misi&oacute;n de gloria, mezcla principios y normas, liturgia y cotidianidad. Para Yahweh, lo atemporal y universal (principios) convive con lo temporal y contextualizado (normas). Todo momento de la vida debe ser santo. Nos cuesta entenderlo, porque nuestra mentalidad hel&eacute;nica es diseccionadora de tiempos y espacios. Pero, hemos de comprenderlo: no hay momentos religiosos y momentos profanos. Cada parpadeo, cada respiraci&oacute;n, cada pensamiento y acci&oacute;n son un todo. No deben existir disonancias.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En estos cap&iacute;tulos, las cadenas de mandatos (unas veces principios; y otras, normas) y promesas se sellan con multitud de &ldquo;Yo soy Yahweh, vuestro Dios&rdquo;. El pueblo era &ldquo;analfabeto espiritual&rdquo;, y precisaba que vez tras vez se le recordara que el secreto est&aacute; en la relaci&oacute;n con Dios. Esa relaci&oacute;n calaba hasta lo m&aacute;s &iacute;ntimo de la vida: el v&iacute;nculo con los padres, el respeto por una sexualidad sana, el sacrificio de coraz&oacute;n, la solidaridad con los menos favorecidos, el trabajo a conciencia y con ciencia, la hospitalidad como acto de grandeza y ejercicio de la memoria. Y, de tanto en tanto, aclara que deben ser santos porque Yahweh es santo. La relaci&oacute;n de Yahweh con su gente no es estanca, sino que existe transferencia: somos vasos comunicantes. Somos especiales porque nuestro Dios es especial.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Si, adem&aacute;s, unimos este concepto con N&uacute;meros 10:10 (&ldquo;En vuestros d&iacute;as de alegr&iacute;a, como en vuestras solemnidades y principios de mes, tocar&eacute;is las trompetas sobre vuestros holocaustos y sobre los sacrificios de paz, y os servir&aacute;n de memorial delante de vuestro Dios. Yo soy Yahweh, vuestro Dios&rdquo;), concluiremos que Dios anhela esa relaci&oacute;n en la intensidad de los momentos excepcionales y colectivos, tanto como en la serenidad de los momentos cotidianos e individuales. Hay fiestas para santificarse; caminar el sendero de la plenitud deber&iacute;a ser una verdadera fiesta.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La Posmodernidad nos est&aacute; ofertando una oportunidad: relaciones. El mundo se ha globalizado, y cada d&iacute;a hay mayores conexiones. Las personas ans&iacute;an relaciones de verdad; relaciones personales que llenen sus vac&iacute;os. Hoy, Yahweh vuelve a repetir que es nuestro Dios; que quiere hacernos especiales; que su conexi&oacute;n no se corta, que siempre est&aacute; &ldquo;en l&iacute;nea&rdquo;. Hemos de volver a comprender que el llamado a la santidad no es para unos pocos (levitas o profesionales de la religi&oacute;n), sino para todos y cada uno de los seres de este mundo. Nosotros, eso s&iacute;, somos agentes de ese mensaje de anhelos por cumplir. Somos los que debemos recordar que Dios firma todos sus correos, tanto las circulares como las notas personales, con un afectuoso: &ldquo;Yo soy Yahweh, vuestro Dios&rdquo;.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Recordando la historia <\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Ezequiel 20:5, 7, 19 y 20 retoma la frase porque es lo propio de los profetas escritores: volver hacia el Pentateuco y ver los hitos que marcan el sendero de la religiosidad. La memoria de las lecciones del pasado aporta dimensi&oacute;n (Yahweh particip&oacute; de la historia, y se ofrece para seguir haci&eacute;ndolo en el futuro); permanencia (la relaci&oacute;n con Yahweh no es puntual, sino continua); y perspectiva (el v&iacute;nculo con Yahweh es progresivo, no est&aacute;tico). En estos textos, se asegura tal memoria con la afirmaci&oacute;n de los s&aacute;bados. En el d&iacute;a de encuentro, se recuerdan otros encuentros y se anhelan nuevos encuentros, porque a Dios le fascina encontrarse con el hombre. Desde los paseos por el Ed&eacute;n, transita con nosotros. Solo hemos de recordar las idas y venidas de Abraham, el periplo por el desierto, el peregrinaje de los profetas, los itinerarios de Jes&uacute;s&hellip; Yahweh es un Dios din&aacute;mico, y solo hay que hacer un poco de memoria, para darse cuenta de ello.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">De nuevo, el mensaje de lo cotidiano y lo excepcional se mezclan, para fortalecer una idea: &ldquo;No hay tiempo sin Yahweh y tiempo con Yahweh. Todo el tiempo le pertenece&rdquo;. Vivimos una &eacute;poca de disonancia entre lo &ldquo;religioso&rdquo; y lo &ldquo;secular&rdquo;. Hemos vallado ambos espacios, asignando lo privado a uno y lo p&uacute;blico a otro; pero, esa no es la realidad b&iacute;blica. No existe &ldquo;a veces&rdquo; en &ldquo;Yo soy Yahweh, vuestro Dios&rdquo;. Quiz&aacute; necesitemos de un d&iacute;a de siete, para tener conciencia de ello; para obtener un disfrute tal de su presencia que anhelemos vivir continuamente en ese estado de santidad.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Un cord&oacute;n p&uacute;rpura en tu vida <\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Una de las normas m&aacute;s curiosas del Pentateuco y la santidad tiene que ver con una marca en el vestir. Hoy, en la fascinaci&oacute;n por los deportes, se suele ver a multitudes ataviadas con las est&eacute;ticas de sus equipos; son sus colores, los de la tribu a la que se asimilan. En N&uacute;meros 15:37 al 41, Dios se adelanta a cualquier tendencia de la moda y propone que su gente ponga, en el borde de sus atuendos, una franja con un bord&oacute;n p&uacute;rpura, algo bien celestial. El objetivo es simb&oacute;lico: recordar qui&eacute;nes eran, y no detenerse a mirar o a pensar en nada que los separe de su relaci&oacute;n con Yahweh. &iexcl;Qu&eacute; interesante! No digo que vayamos colocando tiras de azul en nuestra ropa, pero s&iacute; trocitos de cielo en nuestra vida. Hemos de recordar qui&eacute;nes somos, y no detenernos a mirar o a pensar en lo vano; en aquello que nos aleja de la existencia plena.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El p&aacute;rrafo concluye de forma magistral: &ldquo;Yo soy Yahweh, vuestro Dios, que os saqu&eacute; de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios. Yo soy Yahweh, vuestro Dios&rdquo;. Eso s&iacute; que es un bord&oacute;n p&uacute;rpura para cualquier mensaje a un creyente. Dios comienza con nosotros. Participa de las historias de nuestra vida libert&aacute;ndonos de todo tipo de esclavitud, porque es nuestro Dios. Y Dios concluye con nosotros. &iquest;Qui&eacute;n, como &eacute;l? &iquest;D&oacute;nde podemos encontrar tanto inter&eacute;s, tanto cari&ntilde;o, tanto compromiso, tanta vida? Lo tengo bien en claro: si hubiera sido un masoreta, habr&iacute;a escrito, sin dudar en absoluto, que cada uno de esos vers&iacute;- culos esconden un mensaje fascinante, vivificante, santificador.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Estoy m&aacute;s que seguro: si Dios estuviera proponi&eacute;ndoles estas breves reflexiones, los mirar&iacute;a a los ojos y les susurrar&iacute;a, con una infinita sonrisa: &ldquo;Yo soy Yahweh, vuestro Dios&rdquo;.<\/p>\n<\/body><\/html>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Recuerdo que era una frase especial. Se usaba escasamente, pero, cuando se la empleaba, quedaba revestida de total solemnidad. 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