{"id":1272,"date":"2016-01-21T07:00:38","date_gmt":"2016-01-21T07:00:38","guid":{"rendered":"http:\/\/pastor.adventistas.org\/es\/?p=1272"},"modified":"2016-01-27T20:53:47","modified_gmt":"2016-01-27T20:53:47","slug":"asombrados-por-dios","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/pastor.adventistas.org\/es\/asombrados-por-dios\/","title":{"rendered":"Asombrados por Dios"},"content":{"rendered":"<style type=\"text\/css\"><\/style><!DOCTYPE html PUBLIC \"-\/\/W3C\/\/DTD HTML 4.0 Transitional\/\/EN\" \"http:\/\/www.w3.org\/TR\/REC-html40\/loose.dtd\">\n<html><body><h3 style=\"text-align: justify;\"><em>C&oacute;mo dejar la artificialidad y experimentar una adoraci&oacute;n reverente.<\/em><\/h3>\n<p style=\"text-align: justify;\">La palabra &ldquo;reverencia&rdquo; no es extra&ntilde;a al vocabulario del siglo XXI. Est&aacute; en la jerga de los famosos, y circula en los medios acad&eacute;micos y de comunicaci&oacute;n. Los astros del cine y de los deportes son reverenciados como verdaderos &iacute;dolos. Adem&aacute;s, los estadios se est&aacute;n convirtiendo cada vez m&aacute;s en templos; los fan&aacute;ticos, en fieles; y los uniformes, en mantos sagrados. Existe una verdadera devoci&oacute;n por las personas y las cosas. Todos quieren llegar m&aacute;s cerca, ocupar los primeros asientos, sentarse en el palco o junto a la cancha, o cerca de la pantalla, en expectativa reverente. Y no se atreva a molestar. Alguien le va a pedir que se calle y que, por favor, apague el celular.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Iglesia local, s&aacute;bado de ma&ntilde;ana. El nombre santo del Dios creador y redentor es invocado. Se dirigen los himnos m&aacute;s bellos y solemnes, tradicionales o contempor&aacute;neos. Se abre la Biblia, y se espera inter&eacute;s, participaci&oacute;n, reverencia. Pero, lo que muchas veces se ve es una congregaci&oacute;n dispersa. Los ni&ntilde;os monopolizan los pasillos, los adultos conversan y los ancianos duermen. Un zumbido llena el aire, algunos se incomodan, y las semillas de la Palabra no encuentran un suelo receptivo. Caen a la vera del camino, a la vera del coraz&oacute;n (Mat. 13:19).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Este cuadro puede ser explicado por las transformaciones conductuales y sociales de la realidad urbana. El alucinante tr&aacute;nsito de personas, productos e informaciones ha acelerado nuestra rutina. Cualquier persona con un m&iacute;nimo de responsabilidades es empujada por los compromisos, y lucha diariamente contra el implacable reloj. Esto no es una realidad exclusiva de las capitales. En ciudades del interior, y hasta en ambientes rurales o tur&iacute;sticos, se puede percibir el fen&oacute;meno. En todo lugar, celulares, computadoras y, m&aacute;s recientemente, las tablets, compiten por nuestra atenci&oacute;n. Todo esto ha causado una serie de impactos en la salud. El S&iacute;ndrome de Hiperactividad, el D&eacute;ficit de Atenci&oacute;n y el S&iacute;ndrome de Pensamiento Acelerado son algunas de las perturbaciones a las que no somos inmunes.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">As&iacute;, es natural que llevemos al culto un coraz&oacute;n perturbado, y nuestros o&iacute;dos cansados de bocinas y sonidos del celular. Llevamos nuestra mente saturada de informaciones, absorbidas por todos los medios. Para tener una idea del volumen de informaci&oacute;n que acumulamos diariamente, seg&uacute;n el Global Information Center de la Universidad de California, en los Estados Unidos, cada estadounidense consume una media de m&aacute;s de 100.000 palabras y 34 gigabytes de informaci&oacute;n por d&iacute;a, en 20 diferentes fuentes de informaci&oacute;n. Eso equivale a mirar 68 largometrajes o leer 34.000 libros de 200 p&aacute;ginas.[1]<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">A pesar de entender las dificultades que enfrentan los miembros de iglesia y hasta el liderazgo, incluyendo a los pastores, se debe encender una se&ntilde;al amarilla. En lugar de justificar nuestras dificultades de concentraci&oacute;n y reflexi&oacute;n, necesitamos desarrollar una actitud de reverencia, exactamente para encontrar la paz que necesitamos. Sin una actitud reverente, pretendemos adorar a Dios en el templo, pero no descendemos justificados a casa (Luc. 18:14). Como l&iacute;deres, tenemos la responsabilidad de incentivar la reverencia, que es mucho m&aacute;s que un comportamiento externo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Don de la gracia <\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Es posible que la persona o la iglesia est&eacute;n en silencio, pero su reverencia siga vac&iacute;a. El adorador, incluso, puede participar orando, cantando y predicando, pero de manera mec&aacute;nica (Isa. 29:13). Uno de los grandes problemas, como dirigentes, es que muchas veces queremos lidiar con la dimensi&oacute;n perceptible de la agitaci&oacute;n, cuando la cuesti&oacute;n es m&aacute;s profunda. De nada vale que combatamos el ruido en la iglesia cuando el barullo dentro del coraz&oacute;n de los adoradores es ensordecedor.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Antes de que exista reverencia en el templo-iglesia, esa actitud debe existir en nuestro templo-persona (1 Cor. 6:19). La reverencia se expresa, l&oacute;gicamente, en actos externos, pero brota de un coraz&oacute;n que reconoce la distinci&oacute;n divina. Si el mundo enmudece ante l&iacute;deres y famosos, el adorador se postra ante la Majestad. En este aspecto, un esp&iacute;ritu reverente es esencial&nbsp;tanto para la salvaci&oacute;n como para la misi&oacute;n de la iglesia. Los pactos y los llamados prof&eacute;ticos, a lo largo de la Biblia, estuvieron marcados por una manifestaci&oacute;n de Dios, o teofan&iacute;a. La teofan&iacute;a ejerc&iacute;a la funci&oacute;n crucial de impresionar los ojos y el coraz&oacute;n con la realidad de Dios, su car&aacute;cter y su poder, como ilustra el episodio cl&aacute;sico de Isa&iacute;as 6.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Despu&eacute;s del contacto con lo divino, las personas pasaban a mirar a Dios y el mundo con otros ojos, asumiendo una actitud de reverencia ante el sublime Se&ntilde;or. &ldquo;La verdadera reverencia hacia Dios es inspirada por un sentimiento de su grandeza infinita y de su presencia. Y cada coraz&oacute;n debe quedar profundamente impresionado por este sentimiento de lo invisible&rdquo;.[2] As&iacute;, la reverencia comienza en Dios, como don de su gracia, que despierta una respuesta humana.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Solo un coraz&oacute;n convertido puede reverenciar a Dios. Los demonios &ldquo;creen, y tiemblan&rdquo; delante de &eacute;l (Sant. 2:19); pero, no lo reverencian como Padre. Hablando del ap&oacute;stol Juan, Elena de White destac&oacute; la reverencia que nace de esa ligaz&oacute;n filial.[3] Somos sus hijos, tenemos mucho respeto por el Se&ntilde;or y, por eso, lo reverenciamos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La reverencia trasciende las paredes de la iglesia. &ldquo;Dios es Esp&iacute;ritu; y los que le adoran, en esp&iacute;ritu y en verdad es necesario que adoren&rdquo; (Juan 4:24). Con esas palabras, Cristo dej&oacute; en claro, a la mujer samaritana, que la adoraci&oacute;n va m&aacute;s all&aacute; del aspecto local, geogr&aacute;fico. La adoraci&oacute;n reverente sucede no solo en templos, sino tambi&eacute;n en casas, en las calles, en el campo y en la ciudad. La reverencia es algo que llevamos con nosotros por donde vayamos. Es aquello que practicamos durante la semana y que repetimos en la iglesia. Cuando la adoraci&oacute;n no ocurre en un esp&iacute;ritu de reverencia, adem&aacute;s de vaciarse, se pervierte. &ldquo;Cuando alguien es incapaz de percibir la majestad del Dios creador, la fe puede f&aacute;cilmente transformarse en presunci&oacute;n, y la adoraci&oacute;n se convierte en autoglorificaci&oacute;n&rdquo;.[4] Cometemos irreverencia (2 Sam. 6:7) y presentamos &ldquo;fuego extra&ntilde;o&rdquo; (Lev. 10:1, 10). No podemos ser complacientes con la irreverencia, pues carga una dosis de orgullo que espanta a los pecadores arrepentidos. Adem&aacute;s, el orgullo es la peor irreverencia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Se cuenta la historia de un notorio pecador, que fue excluido y se le prohibi&oacute; entrar en la iglesia. Entonces, se quej&oacute; ante Dios:<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&ndash;Ellos no me dejan entrar, Se&ntilde;or, porque soy pecador. Y Dios le respondi&oacute;:<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&ndash;&iquest;De qu&eacute; te quejas? Ellos tampoco me dejan entrar a m&iacute;.[5]<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Asombro <\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Como ya sabemos, existe una serie de factores involucrados en la cuesti&oacute;n de la reverencia: desde la estructura familiar, pasando por la educaci&oacute;n, la organizaci&oacute;n, la sonorizaci&oacute;n, la m&uacute;sica, la infraestructura de los templos y el vestuario, entre otros. Son parte del problema y de la soluci&oacute;n. Pero, la cuesti&oacute;n crucial est&aacute; en el reconocimiento del Dios vivo; lo cual tiene una relaci&oacute;n &iacute;ntima con nuestra capacidad de asombrarnos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El rabino Abraham Heschel reflexion&oacute; sobre la cuesti&oacute;n del asombro. Mucho antes de su muerte, Heschel sufri&oacute; un ataque card&iacute;aco casi fatal. Debilitado, coment&oacute; con un amigo: &ldquo;Sam, estoy agradecido por mi vida, por todos los momentos que viv&iacute;. Estoy pronto a partir&rdquo;. Luego de una pausa, complet&oacute;: &ldquo;Sam, nunca ped&iacute; en mi vida &eacute;xito, sabidur&iacute;a, poder o fama. Ped&iacute; asombro, y &eacute;l me lo concedi&oacute;&rdquo;.[6]<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Perdemos el asombro ante una puesta de sol, y las gotas de lluvia y el arco iris que se forma despu&eacute;s de ella. &ldquo;Nos convertimos en ap&aacute;ticos, sofisticados y llenos de la sabidur&iacute;a del mundo. [&hellip;] Cuanto m&aacute;s sabemos de meteorolog&iacute;a, menos inclinados estamos a orar durante una tempestad. [&hellip;] Qu&eacute; ignominia &ndash;si es que una tempestad puede experimentar la ignominia&ndash; reducida de teofan&iacute;a a mera incomodidad&rdquo;.[7]<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En su libro, Barack Obama cuenta que, a pesar de haber crecido en un hogar agn&oacute;stico, su coraz&oacute;n fue despertado a la espiritualidad y al cristianismo gracias a su madre. Qued&oacute; marcado por el &ldquo;constante sentido de admiraci&oacute;n&rdquo; y &ldquo;reverencia por la vida&rdquo; manifestados por ella. En algunos de esos momentos, que &eacute;l llama &ldquo;devocionales&rdquo;, cuenta que ve&iacute;a l&aacute;grimas en los ojos de ella. &ldquo;Algunas veces, mientras crec&iacute;a, ella me despertaba en medio de la noche para hacerme contemplar una luna espectacular, o para cerrar mis ojos mientras and&aacute;bamos juntos, durante el crep&uacute;sculo, para escuchar el susurro de los &aacute;rboles. Ella ve&iacute;a misterios en todas partes, y se alegraba en lo extra&ntilde;o de la vida&rdquo;.[8]<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">David se asombr&oacute; por su propio nacimiento y, por eso, alab&oacute; a Dios (Sal. 139:14, 15). Nuestra artificialidad nos impide percibir la grandeza de Dios. Necesitamos, m&aacute;s que nunca, el colirio espiritual (Apoc. 3:18) para maravillarnos ante la majestad divina, reflejada en sus obras y anunciada en su Palabra. Solo contemplando &ldquo;a cara descubierta como en un espejo la gloria del Se&ntilde;or, somos transformados&rdquo; (2 Cor. 3:18). Y esa contemplaci&oacute;n no ocurre sin que haya una pausa. Solo cuando hacemos un espacio para Dios en nuestra agenda es cuando podemos encontrar paz. Jes&uacute;s lo hizo, en una &eacute;poca en que &eacute;l y sus disc&iacute;- pulos &ldquo;ni aun ten&iacute;an tiempo para comer&rdquo; (Mar. 6:31).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Necesitamos redescubrir la reverencia al Se&ntilde;or Dios. No el emocionalismo ni las expresiones ensayadas del show business gospel, sino una actitud de respuesta a la grandeza de un Dios tremendo. M&aacute;s que un comportamiento en el templo, necesitamos adorar al Rey con el silencio del coraz&oacute;n. Debemos reverenciarlo en el camino hasta la iglesia y al salir de ella. Necesitamos redescubrir la importancia de las cosas peque&ntilde;as, de los seres y las personas que nos ligan al Se&ntilde;or. As&iacute;, iremos a la iglesia a buscar, por sobre todo, su presencia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Referencias<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">1 Investigaci&oacute;n sobre el consumo de la informaci&oacute;n: &ldquo;How much information? (2009). Report on American Cosumers&rdquo;. Dispon&iacute;ble en http:\/\/migre.me\/ejTTp<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">2 Elena de White, Obreros evang&eacute;licos, p. 187.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">3 Elena de White, El camino a Cristo, p. 15.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">4 Joseph Kidder, Adora&ccedil;&atilde;o Aut&ecirc;ntica (Tatu&iacute;, SP: Casa Publicadora Brasileira, 2012), p. 36.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">5 Brennam Manning, O Evangelho Maltrapilho (Niter&oacute;i, RJ: Textus, 2005), p. 30.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">6 Ib&iacute;d., p. 89.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">7 Ib&iacute;d., p. 90.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">8 Barack Obama, The Audacity of Hope (Nueva York: Three Rivers Press, 2006), p. 205<\/p>\n<\/body><\/html>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>C&oacute;mo dejar la artificialidad y experimentar una adoraci&oacute;n reverente. La palabra &ldquo;reverencia&rdquo; no es extra&ntilde;a al vocabulario del siglo XXI. 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